Semana 21

La melodía del canto del Indri

La naturaleza no dejaba de sorprenderme. Tenía la piel de gallina y una sonrisa dibujada en la cara. Acababa de escuchar el canto del indri, el mayor lémur de Madagascar. Sus gritos todavía resonaban entre las copas de los árboles de la Reserva de Analamazoatra. Me hubiera encantado saber lo que significaban. Pero desgraciadamente no era capaz de descifrar los más de 250 sonidos que pueden emitir estos lémures con cara de oso de peluche.

Cada mañana los indris siguen la misma rutina. Después de despertarse con la salida de sol, descienden de la parte más alta de los árboles hasta unos cinco metros de altura. Allí comienzan los diez minutos de lavabo. Se están quietos durante este rato, y desde los árboles van cayendo proyectiles. No es un buen momento para ponerse debajo suyo…

La secuencia matinal continúa con el estridente canto del indri. Unos sonidos que se escuchan a kilómetros de distancia, y que les permiten comunicarse con los miembros de su grupo. Después de los cánticos, comienzan a moverse y a alimentarse de hojas.

Seguirlos mientras iban saltando de un árbol a otro no fue tarea fácil. Era imposible igualar su ritmo, capaces de cubrir una distancia de diez metros con un solo salto. Yo avanzaba lentamente. Mientras apartaba la frondosa vegetación de la selva e intentaba no patinar.

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Pocos minutos después, ya había perdido los indris de vista. Y sólo podía escuchar sus cantos lejanos. Pero tuve la suerte de encontrarme con una nueva especie de lémur, que se alimenta de los mismos árboles que lo indri. Moviéndose ágilmente entre las ramas había ocho sifacas de diadema.

Lentamente fueron bajando mientras buscaban los frutos de los árboles que me rodeaban. Tuve algún ejemplar a menos de dos metros. Él comía tranquilamente, mientras yo le fotografiaba sin movimientos bruscos. Me había quedado medio arrodillado, en una posición muy incómoda, para mantener el equilibrio en una pendiente muy pronunciada. Cada vez me dolían más las piernas, pero quería evitar asustar al animal.

Resistí como pude y cuando finalmente el sifaca que tenía delante de mí se marchó aproveché para moverme y estirar un poco las piernas. Seguramente todavía tenía las piernas medio dormidas mientras bajaba por una fuerte pendiente selva a través, y fue parte del motivo por el que patiné y empecé a deslizar montaña abajo. Tenía las manos ocupadas con el material fotográfico, así que no me paré hasta que choqué con las costillas con un árbol.

Las cámaras, por suerte, estaban intactas. Una de mis costillas tardaría varios días en recuperarse…

Este post forma parte del resumen semanal de mi largo viaje, un viaje que al que he llamado Quinuituq.